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AMY LEE


1


Salía de un evento de pintura erótica, de cerveza, de aromas a sexo y de poesía muerta. No tenía rumbo, destino, compañía y mucho menos motivación alguna para continuar la noche buscando placeres o bebiendo cerveza. Acá se manifiesta mi obsesión por el café cuando digo que, si de bebidas amargas se trataba, quería llegar a casa y calentar un poco del mismo para beberlo a solas en mi cuarto. 

Llegando a una esquina para tomar un taxi compré un cigarrillo marca Jet, me quedé de pie junto al vendedor para sentirme con algo de calor, y todo sucedía mientras esperaba que hubiese disponible un taxista. Era arriesgado subirse a un taxi a esa hora, y más por esa zona y con el aspecto que llevaba yo con mi sombrero viejo de cincuenta mil pesos. 

-Oye, disculpa, eres Franco, ¿verdad? -irrumpió ella en mi silencio, en mi noche, en mi humo y en mi vida. Eran los ojos más hermosos que podía encontrarme en esa etapa de mi vida, y más con la obsesión que tengo con esas miradas tan dulces que son capaces de dominar a los demonios más mundanos que habitan en mi ser. 

-¿Es muy necesario responderte? -contesté yo, tratando de disimular el encanto que producía en mí aquel ser de otra galaxia que aparecía como un espíritu. 

-Jajajajaja -se rió-, no tienes que ser tan agresivo, poeta, yo solamente quería saludarte. Estoy persiguiéndote desde que saliste del bar. ¿Acaso no sientes el aroma de una vagina que corre por estar cerca de tu esencia? -prosiguió con su respuesta, quitándole el óxido al puñal que estaba a punto de clavarme en lo más profundo de mi retorcida y agonizante alma. 

-No -mentía yo, tratando erróneamente de no delatarme y darle la razón. Lo cierto es que había sentido un aroma a rosas rosadas entrando por mis cavidades nasales, que fue lo que hizo que empezara a fumar: quería dejar de percibir ese olor. 

-Yo sé que lo que has vivido no ha hecho que tu alma se sienta complacida. Sé, porque lo veo en tus ojos y en tu manera de mirar mis caderas, que quieres un café, uno de esos que son oscuros pero dulces -seguía diciendo mientras la locura de abalanzarme y besar sus ojos me acechaba como un buitre a un cadáver. 

-¿Por qué lo aseguras? 

-Porque acabas de apagar tu cigarrillo para que tus labios no se sequen y puedas besarme mucho mejor, haciendo que la humedad de tus labios se manifieste en mis bragas -finalizó, me desarmó y me robó una sonrisa. 

-Es tarde, no hay donde conseguir un café a esta hora, y el que venden por acá para los taxistas y conductores nocturnos, no tiene nada de especial más que lo desagradable que es ver los escotes de las que lo ofrecen. No hay sitio, aunque haya una compañía más. 

-Siendo adicto a esa bebida tan curiosamente mágica y amarga, dudo que no tengas en tu casa. Llévame contigo y no respondas más cosas que sabes que no quieres decir -dijo. 

Sonreí una vez más, esa mujer era fantástica. No le había dirigido más la palabra, pero aun así se quedó de pie junto a mí, tomó mi mano como si fuese mi pareja y se arrunchó junto a mi persona. Le hice señales a un taxista que estaba desde el inicio junto a nosotros bebiendo un agua aromática, el hombre se acercó y abrió la puerta del auto, y todo para que esta dama tan particular se subiera sin ser invitada ni bienvenida del todo. 

No tuve más remedio que acceder al vehículo que me llevaría al mejor infierno de todos. 

Llegamos al barrio donde había crecido y vivido toda mi vida. Había muchos bares y licorerías abiertas, las que hicieron que esta mujer saliera corriendo a comprar cervezas en un sitio de estos. No tuve más remedio que esperarla. ¡Ay, mujer! No sabía quién era, pero ¡cómo estaba guiándome a la perdición! Se acercó de nuevo a mí con una bolsa que sin pedir el favor me hizo llevar en una mano mientras ella de nuevo aprisionaba la otra con la suya. 


2


Llegamos a mi casa y no habíamos cruzado palabra de nuevo. En el viaje se había quedado pegada a la ventana del taxi sonriendo y tomándole fotografías a mi hermosa y nocturna Bogotá. Abriendo la puerta se metió como perro juguetón. Simplemente entró, exploró mi casa sin ser invitada, encontró el baño y en él se quedó por largos y eternos minutos que yo sentía que se hacían más y más largos. 

De un momento a otro, todo se transformó, pasó de ser una noche de Jazz en blanco y negro a ser un burdel lleno de rosas y tonos suaves, en aquellos donde resaltan los pezones desnudos y los labios rojos de las bailarinas (como flores en primavera). 

Entró ella a mi habitación, semidesnuda, usaba ligueros y encajes de color negro, su labial era rojo y sus ojos, a pesar de haber sido retocados con maquillaje, mantenían esa magia que me envolvió la primera vez que la vi. ¡Esos ojos! Esos ojos miel, que más que por su color era por su sabor, por su dulzor y por su aspecto de estar adormecidos y envueltos en erotismo, que lograban absorber mi alma como la reina de la raza de vampiros medievales. 

La observé mientras empezaba a succionar la cerveza de una de las latas frías que había traído ella. Dejó sus cosas en un rincón de mi cuarto, se arrodilló sobre mi cama, pasó sus manos por sus piernas y todo su cuerpo para que terminaran entre su salvaje cabello. Finalmente con sus dedos deslizándose por sus labios me dijo que quería que la convirtiera en poesía. 

“¿Es esto real? ¿Acaso alguien me golpeó en aquel evento y estoy en lo que sería mi mundo perfecto tras dormir o ser asesinado? ¿Acaso estoy muerto?”, eran cosas que yo pensaba mientras mis ojos desorbitados se perdían en el olvido que invadía mis recuerdos para dejarme llevar por aquella ninfa. 
-Ya eres poesía. Eres la más bella y ardiente poesía que he podido contemplar. Eres profecía, relato, novela y cuento. Eres verdad, mentira, puta y niña. Eres ángel, demonio, bruja y ninfa -le dije yo mientras me quitaba mi chaqueta y la colgaba en el perchero. 

Ella se acercó, me arrancó la camiseta, me besó, me hizo subirme sobre su cuerpo y me dijo: “Si soy poesía quiero que me leas, que me borres y que me hagas renacer”. Surgió nuestro primer beso. 


3


Ya no tenía sentido común, ni razón, ni paz, ni nada positivo para un ser solitario. ¡Me encantaba ese momento! Era perfecto todo al lado de esa mujer. 

Yo besé tanto sus labios que deposité en ellos una parte de mi alma, como si fuese una abeja almacenando miel para luego alimentarse de ella. Mientras ella acariciaba mi espalda yo deslizaba mi mano derecha por sus piernas, agarraba sus muslos firmemente y seguía por sus caderas para apretarlas una y otra vez de manera firme. Cuanto más apretaba sus caderas ella más gemía y se estremecía. Mis manos se posaban en sus nalgas frías para obligarla a acercar más su sexo al mío. Desabrochó mi pantalón, y aproveché el momento para desnudarme por completo. 

Subí nuevamente sobre su cuerpo para seguir besándola. Desnudé uno de sus enormes y preciosos senos para comérmelo, era el acompañamiento perfecto para ese café que ni siquiera habíamos servido. Deslicé mi lengua desde su boca hasta su seno derecho para besar y succionar con mis inquietos labios su pezón. Me supo a turrón, a gloria. Succionaba mientras mi mano derecha soltaba su cadera para aprisionar su seno. Apretaba sus senos con mis dos manos mientras mi boca no dejaba de beber de uno de ellos como si fuese yo un recién nacido. 

Agarré aquella mordaza morada que guardaba con la ilusión de algún día usarla. La amordacé. La puse en posición de leona en celo y me dejé llevar por el lobo que habitaba en mí. 

Empecé a deslizar mis uñas por su espalda, por sus nalgas. Dejaba las marcas de mis manos grabadas en esos hermosos glúteos, tras nalgadas fuertes que la hacían gemir. Mi mano pasó por su entrepierna húmeda y luego coqueteó con su ano caliente, y todo para que terminara en mi boca. Hice sus encajes a un lado para que la punta de mi pene abriera su flor. Agarrando su cabello como el amo y señor que era de su cuerpo, lo halé para hacer que sus caderas se acercaran a mi pelvis haciendo que la penetración fuera inevitable. 


4


Al penetrarla, sus sonidos nasales fueron más fuertes que la misma erección que me hacía violentar su templo. 

Embestidas fuertes marcaron el sonido de los timbales, de los redoblantes y de las trompetas que sonaban en mi mente. Los cuatro jinetes del infierno entraban en mi cuarto para entrar en nuestros cuerpos y disfrutar de lo que es arder en el paraíso con el fuego de mi propio infierno. 

Mientras la seguía penetrando repetidamente, agarré sus manos dejándole sus piernas como único apoyo. Era delicioso ver cómo mi firmeza se bañaba en el interior de esa flor llena de néctar. En un momento sacó sus manos de mi dominio y se apoyó nuevamente sobre la cama, movió sus caderas, sus gemidos reprimidos por la mordaza explotaban y ocurrió: tuvo un explosivo orgasmo que hizo que gotas frías cayeran sobre la cobija. 


5


Se quedó tendida sobre la cama respirando rápidamente. Yo me quedé sentado junto a ella acariciando su espalda y masajeando su cabello. Por un instante, quedó muerta por el placer mientras un suspiro profundo escapaba de su nariz. Agarré una nueva cerveza para beberla mientras contemplaba tanta belleza. 

Estando a punto de beber el último sorbo de cerveza ella revivió, quito su mordaza, puso música en ese pequeño parlante que tenía yo para distraer mis pensamientos en las noches, se acercó a mí y me besó como ninguna otra mujer lo había hecho. Era suyo. Me acostó sobre la cama. Fue besándome desde los tobillos hasta mi sexo para detenerse otorgando una lamida larga y llena de su saliva. Sus besos subieron cada vez más, hasta que llegaron a mi frente. Cuando me di cuenta su vagina estaba en mi boca y sus caderas danzaban permitiéndome sentir la pureza de sus labios íntimos. Figurativamente bañó mis palabras con sus jugos. 

Masturbé su sexo con mi boca sin sentir cansancio en mi mandíbula. A pesar de que no era un orgasmo, su sexo no paraba de escurrir y escurrir. Sus labios no aguantaron y cambió de posición. Pasamos a estar cada quién con su boca en el sexo del otro. Estando en esta nueva posición con ella sobre mí, sus nalgas ganaban el protagonismo perfecto. Al dejarnos llevar y al ella mover sus caderas frenéticamente, sus nalgas se abrían permitiéndome ver la entrada a la parte más sucia de su cuerpo.

Era tan excitante todo. 


6


Acariciaba sus nalgas enormes cuando en mi boca llovieron fluidos y suciedad de una dama lujuriosa. 

Sin importar cuanto había explotado ella en esta noche, yo seguía sin hacerlo. A pesar de todo siempre iba sintiendo placer. 

Se sentó sobre mí, haciendo que mi pene entrara en ese océano entre sus muslos. Veía sus senos y sus caderas. Ella sabía cómo acomodar su cuerpo para lograr que sintiera más placer. Su cola la llevó más allá de mi sexo, y lo hacía para que sus movimientos fueran cómodos. Iba hacia adelante y hacia atrás, y al retroceder, sus nalgas descansaban en mis muslos. ¡Esa mujer era una diosa!

Agarraba su cabello rizado y me hacía perder el control. Quitó del todo su brasier y yo me apoyé con mis codos para poder tener algo de acceso a sus pezones. Ella se acercó y me permitió besarlos. Me lanzó fuerte sobre la cama, tomó mis manos y las puso sobre sus senos, me dio claras señales de que quería que los estrujara con firmeza. Lo hice. Hice todo lo que quería. Mis manos luego bajaron hasta sus caderas para apretarlas e incitarla a irse hacia atrás. Su cuerpo estirado exponiendo su clítoris, me permitió usar mi pulgar mojado con mi saliva en el mismo. 

Masturbaba su clítoris, ella aceleraba sus movimientos. 

Estábamos en movimientos tan intensos que para ella fue inevitable culminar una vez más. Ella quedó tendida sobre mi pecho. Sus pezones estaban fríos y esa unión de mi colibrí con su flor ardía mientras que, a la misma vez, se refrescaba en medio de tantos orgasmos.


7

 
Acaricié su cintura con sutileza, posé mis manos sobre sus nalgas frías, besé sus orejas y suspiré en su cuello. Mi sexo seguía firme y con ganas de explotar. No aguanté más. Mientras acariciaba sus dos piernas con mis manos, hice ese cambio de posición en el que primero ella se sienta sobre mí para yo terminar sobre ella. Agarré sus muslos y abrí más sus piernas. Sus tobillos estaban en mi cuello. Bajé para besarla mientras sus manos ayudaban a este hombre a sostener sus piernas. La penetré tantas veces como pude, una y otra vez. No paraba. Su sexo estaba algo estrecho tras tantas explosiones. Estaba en el cielo. La besaba y la penetraba. No aguantaba. Me dejé llevar y de la nada surgió una explosión de fuegos artificiales en su interior.

Mi savia blanca, espesa, caliente, abundante y potente invadió todo su interior. Su útero, su hígado, su corazón y su alma quedaron bañados por mi excitación. Quedé tendido sobre su cuerpo. Dormitamos mientras un abrazo se dio de manera natural, como las miradas de los amantes cuando se sientan en la misma mesa a cenar con el resto de su mundo. 

Esa noche conversamos y descubrimos que en cada quien había una gran parte del otro. Eran partes de una misma alma separada al nacer. Llegamos, sin decirlo con palabras, a la conclusión de que nuestros cuerpos debían estar unidos, para que nuestras almas volvieran a ser una sola y nos sintiéramos completos como personas. 

Más sexo, cerveza y besos surgieron esa noche. Ella se convirtió en mi musa y en mi poesía más intensa. 

Todo comenzó como un evento de pintura erótica en un bar cualquiera y terminó como la mejor noche de cumpleaños que podía recibir. 

Ahora, cada vez que la recuerdo, suspiro y un orgasmo sucede en algún lugar del mundo. 

 
-Bogotá, 2017-
Nodier Vallejo

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