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CANTOR

 

«¡Qué aburrido! ¡Qué fastidio!
¡Qué jartera! ¡Qué...!
¿Quién es ella?».

Apareció ella, de la nada, como un criminal de entre las sombras.

Sombras son sus ojos, puñales son sus senos;
sol es su sonrisa, alas son sus manos;
libertad es su voz, perdición es intentar ganar su corazón.

Yo no pretendía enamorarme, no pretendía cautivarme:
sólo pasó.

Yo veía cosas normales, aburridas, banales, absurdas, fastidiosas...
Pero,
apareció algo que brillaba por sí sólo,
apareció ella.

Señorita ruiseñor, señorita colibrí.

Apareció...

Apareció y me asesinó.

Yo sentí la curiosidad de conocerla, sentí la necesidad de escribirle y leerla.

Han pasado meses, han pasado cosas.
Lo que no ha pasado es lo que sentí cuando la encontré aquel día;
por el contrario,
creció,
evolucionó.

Yo la amo, la amé desde ese día, la amaré.

Ella tiene pareja:
ella sí la hace feliz,
ella sí se ganó su corazón y su cuerpo.

Mientras yo busco robarle mil sonrisas
para que apague sus tristezas intermitentes,
ella llega para atraparla entre sus brazos
y logra más que yo:
logra hacerla gemir y ser feliz.

No importa lo que pase, yo sigo aquí.

Si ella es feliz, yo seré feliz.

Cada sonrisa que ella suelta es un latido de mi ingenuo corazón;
por eso,
si ella muere por el dolor
y ni yo logro hacerla sentir bien,
yo voy a morir.

Que sea feliz, yo seguiré intentando, en vano, olvidar.

¿Olvidar qué?

Nada, no hay nada que olvidar:
ella no es un recuerdo, 
ella es mi mundo y mi realidad.

-Bogotá, 2015-
Nodier Vallejo

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Un escrito destacado:

CARTA No. 01

«Mi querida señorita: Hoy decidí escribir pensando en usted, una vez más.  Ya son muchas las veces que he hecho esto sin conseguir retenerme y ahogar las palabras que van surgiendo de mi ser. Los latidos de mi corazón son tan intensos que no me dejan controlar mis pasiones y demonios.  Cuando usted apareció yo sentí el deseo infinito de conocerla y descubrir más de lo que su belleza física expone. A pesar de que es usted realmente la mujer más linda que he llegado a conocer, permítame decirle que no fue eso lo que me arrastró, como un imán muy poderoso, hasta su vera. Sentía que volaba cada vez que la escuchaba, cada vez que me escribía y cada vez que en mis noches oscuras y solitarias usted me llenaba de ese olor a flores que, mágicamente, me hacía sentir en la más fresca y nublada primavera. Me sentía feliz. Yo me sentía realmente feliz. "No se trata de amor", le dije. Las cosas simplemente surgen y, ponerles nombre, puede ser como una daga que se clava en el pec...