Como un lobo solitario
yo buscaba prendas abandonadas para seguir adelante.
En una ocasión encontré un cisne, uno bello, uno de cristal.
Una noche gritó de la nada,
y no paraba de cantar.
“¡Cállate! No puedo contigo”, le dije sesenta y nueve veces,
pero nunca calló.
Cuando la tarde moría
como un jugo de naranja preparado en la mañana,
clavé mi más afilada y brillante daga en su cuello.
En mi habitación no paraban de llover esquirlas
que cortaban aquí y allá,
bañando de fantasía cada rincón y cada ladrillo.
Mi castigo nunca ha sido amar,
mi castigo siempre ha sido no poder evitarlo.
No puedo culpar al jabón por el ardor en mis ojos,
culpo a mis descuidadas manos
que nunca evitan secar mis lágrimas en cada momento.
No puedo decir que el asesino es el culpable,
me culpo a mí por estar frente a su pistola.
No gustaba de la cerveza,
hasta que encontré a una mujer con tres nombres.
Me hizo mi primer sexo oral.
Era una bota de guerrillero, una bata de hippie.
Desde el primer día no dejamos de entregarnos el uno al otro.
Pero todo, lo bueno y lo malo, tarde o temprano cae.
Una noche chocamos tan fuerte que ella explotó.
Yo no era invencible, pero parece que sí era indestructible.
Como amante de la salsa bailaba por las calles de Bogotá.
Una noche bailaba “El Patillero” por la carrera séptima,
y llegó una dama que agarró mi mano y comenzó a danzar conmigo.
Llegamos hasta la Avenida 19 y ella simplemente se marchó.
Esa noche morí por primera vez.
El amor es un cigarrillo
que nos fumamos cuando el placer no es suficiente alimento para nuestras almas;
es el perfume que la muerte nos aplica para hacernos vivir,
y todo para después vernos fallecer lentamente cuando se desvanece su encanto.
La muerte es una dama sensual que nos seduce cada vez que estamos en el suelo.
Decirle que no es tratar de ocultar una erección.
Pretender caminar solos es mentirnos,
ella siempre está cogiéndonos el culo.
Mi prendedor cae de mi camisa, mis lágrimas invaden mis ojos.
Las bendiciones de mi madre caen por mi piel, mis juegos de niño los olvido.
Mi primer beso ya no existe y los cabellos de esa mujer se queman en mi ropa.
Él me mira, apunta más afinadamente…
Y dispara.
-Bogotá, 2018-
Nodier Vallejo
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