I
Cachaco, rolo, bogotano… como quieras llamarle. Eso soy.
Nací el 19 de agosto de 1992 en un hospital del sur de Bogotá. Hice sufrir muchos días a mi mamá. Creo que desde mi nacimiento manifesté señales de ser poco acomodado con las cosas. Hice sufrir dolores de parto a mi mamá hasta aquel miércoles en el que vi la luz. Supongo que elegí esa fecha por muchas razones.
Mi intención no es hablar sobre mi nacimiento ni mi vida en sí. O bueno, tal vez de una parte de mí, de mi vida. Es que este tema lo tomo tan personal que me molesto con aquel costeño, paisa, extranjero o colega que quiera ofender sin razones algún aspecto de mi ciudad.
¿Qué es Bogotá? ¿Qué es esa gran ciudad llena de todo y que parece ser de nadie? ¿Es una ciudad? ¿Es la puta de toda una nación que la ha pateado, ultrajado y escupido incontables veces? Bogotá es todo eso, Bogotá es más… Bogotá es ¡TODO!
Soy del sur de la ciudad. Trabajo en el sur, me crie allí y ahí también tengo mi lugar de residencia. Allí tuve mi primera vez, mis primeros besos, mis primeras lágrimas y mis más intensas alegrías.
Pocas cosas me han llenado de tanta alegría y orgullo como haber tenido la experiencia de viajar en el sistema teleférico de Transmilenio, más conocido como Transmicable.
Se inauguró hace poco y fue noticia, fue conmoción, fue terror, fue duda, fue crítica, fue razón para salir de la cueva, entre otras cosas.
Los chinos (expresión muy bogotana) de la nueva era publicaron cuanta fotografía, vídeo y autofoto pudieron. Yo, en cambio, preferí esperar. Cuando se acabó un poco todo el espectáculo en redes sociales, periódicos y noticias, encontré la perfecta casualidad para vivir la primera experiencia. Hay 4 paradas para subirse o bajarse del sistema: el Portal del Tunal, Juan Pablo II, Manitas y El Paraíso. En ese orden se encuentran ubicadas de «carretera a loma».
Esa primera experiencia fue un entremés entre mi explosión de placer y mi negación a apresurarme a tragar ese bocado. Curioso fue saber unas horas más adelante que el sistema era noticia porque casualmente ese mismo día hubo una pausa en la energía eléctrica que causó la detención de las cabinas, (¿no es irónico que quiera subirme cuando no sea noticia y que suceda eso?).
Por diligencias, situaciones y compromisos conseguí viajar en el Transmicable varias veces, tanto de día como de noche, y… me enamoré aun más de esta enorme sección de tierra del planeta tierra cuyo nombre es hermoso: Bogotá.
¿Adrenalina, claustrofobia, acrofobia, poder viajar sentado en algo que pertenece a dicha empresa…? ¿Qué hará de esto algo tan mencionado y tan ignorado de la misma manera? Les contaré, por fin, mi experiencia desde lo más profundo de mi pensamiento y sentimiento.
Los que han viajado a Monserrate sabrán que «Bogotá es una enorme ciudad, que es muy bonita, que tiene que sus estadios, que sus edificios, que su centro, que sus iglesias…», pero, ¿y los barrios, el resto de pueblo, los perros que corren por lomas empinadas, las canchas improvisadas en pendientes de «zonas rojas»?
II
Subirse directamente en el Portal el Tunal (no sé cómo carajo acomodar las mayúsculas y cuál es la manera apropiada de nominarlo) es la mejor opción. (Las estructuras que sostienes los cables, aquellas que se ubican entre las estaciones, las llamaré «bases»). Las bases que se encuentran entre el portal del Tunal y Juan Pablo II tienen un exquisito menú de algo que se podría asemejar a las turbulencias de un avión en movimiento. Esto te hará creer que todo el recorrido será adrenalina pura y temor a que la cabina caiga repentinamente ofrecíéndote unos 3 ó 4 segundos para ver tu vida pasar frente a tus ojos.
En el transcurso percibí algo que me causó la primera apertura de boca: los dos barrios donde he vivido toda mi vida eran algo totalmente diferente. No podía creer que aquellas calles largas donde debíamos caminar para comprar unas medias o un cargador para celular fueran tan similares a las del centro de la ciudad. La cantidad de movimiento que hay es impresionante. 1 banco, 3 supermercados grandes y una infinidad de vendedores de calle que ofrecen desde las medias que mencioné hasta artefactos para «la señal TDT».
III
Yendo de Juan Pablo II a Manitas ocurre un fenómeno visual muy interesante. Las tonalidades grises del pavimento se mezclan con las verdes y marrones de lo que en el barrio denominamos como potreros y caños. Las bases comienzan a lucir desde lejos aquellas canchas de fútbol y baloncesto que se construyeron en ellas para motivar a la recreación y el deporte. Estas canchas no lucen nada mal, y menos cuando desde lo alto se ve a los jóvenes jugando fútbol y no drogándose.
IV
Al ir hacia arriba la atención se centra en la subida. Se va viendo el lugar al que se va y no el que se deja.
El mirador del paraíso no se contempla aún, ni a lo más lejos, pero aparecen muchos colores, muchas casas humildes, música de todo tipo y un paisaje que jamás se olvida.
La mirada se fija en la ventana y se centra en dirección a todo lo que hay abajo.
Las canteras profundas te regalan un guiño. Ves las entrañas de la montaña y te preguntas si la casa en la que vives fue construida con el material que de allí sale.
Arroyos, niños corriendo por potreros, las casas humildes en medio de la montaña, los perros correteándose entre si a lo largo de una empinada loma.
Casas pintadas de muchos colores y se llega a la estación final. Al igual que en todas las paradas hay gente con chalecos rojos y muchas sonrisas que te dicen «Buenas tardes» y preguntan si sigues o si te bajas. Muy amablemente te desean un buen viaje.
V
Acá lo más mágico y hermoso aparece como si no acabaras de llegar de él. Bogotá la bella, la puta, la sumisa, la colaboradora, la entregada y la ultrajada saca una pierna de su vestido y te dice «Mucho gusto».
Barrios, lomas… perros jugando en la calle, niños con sus uniformes de colegio distrital, abuelas comprando víveres… un paisaje real, sincero y único. Bogotá saca esa pierna, te saluda y se va desnudando lentamente frente a ti. El impacto es tal que te fijas en lo que se ubica hacia donde vas mientras no quieres partir del lugar donde te encuentras. Ves cuando la cabina sale del Paraíso una ciudad que no se muestra en las postales ni en los directorios telefónicos. Ves una ciudad que cuenta la verdadera historia de quienes la sostienen día a día, porque aquellos que llegan por las noches allí son los mismos que construyen y asean muchos de los lugares donde viven los que ganan más de 3 salarios mínimos.
¡Es impresionante! Cómo pueden casas de 3 y 4 pisos estar tan bien conectadas entre sí sin que la montaña se venga abajo. ¿Cuánto debieron trabajar aquellas personas que quisieron que su casita fuera un poco más grande? Recordemos aquel episodio de «El Siguiente Programa», en el que se burlaban de cuando Peñalosa y su primer mandato dijeron que las personas de los barrios pobres de Bogotá eran así porque… necesitaban pintar sus casas con colores llamativos y alegres para que así tuvieran felicidad y no fueran como son. En esos minutos se podía ver como las casas estaban pintadas con colores chillones y eufóricos. Decisión un poco absurda… Pero…
Pero cuando vas bajando en la cabina de Transmicable, es inevitable soltar una sonrisa mientras las casas se van alejando y se van agrupando por colores. Es un collage que solamente podría tener algo de significado y sentido bajo estas circunstancias. Y la pregunta mía fue: «¡¿CÓMO PUTAS HICIERON PARA PINTAR ESAS CASAS SI LO QUE SE VE ES LA PARTE TRASERA, LA CUAL ESTÁ CONECTADA CON LA PARTE TRASERA DE OTRA CASA QUE AL IGUAL QUE LA PRIMERA NO TIENE PLANCHA SINO TEJAS?!». Las favelas de Brasil y su manera de acomodar construcciones y conectarlas entre ellas como creando una armonía de barrio unido que tiene más familias que casas, es algo que se te viene a la cabeza al ver como se aleja esta obra de arte callejera.
Giras la cabeza para ver qué te espera.
Bogotá ha desnudado su otra pierna, peluda como la anterior pero hermosa como su esencia. Barrios, lomas… casas… todo se repite y te enamora.
VI
¿Dónde está el romanticismo de toda esta mierda que escribo y que ya aburrió a la mayoría?: en la Bogotá real.
Como estar con una mujer en la intimidad y en la vida, así es Bogotá.
Una mujer que valga la pena es aquella a la que amamos con todas sus caras. ¿Amas a una mujer que solamente ves maquillada, arreglada y vestida como para fotos o juegos de seducción, que es de lo más clichudo y fabricado?, entonces no la amas realmente.
Mucha gente presume de ir a Monserrate y de mostrar en sus redes sociales a su «Hermosa» Bogotá. Otros van a la Candelaria la histórica y hacen lo mismo.
¿Sabían que en sus primeros días el Transmicable recibió muchas visitas de extranjeros que querían ver la cara que jamás les muestran de la capital? Es cierto que podríamos ser víctimas de la delincuencia común (no nos mentiremos), pero ¿no es esta una excelente alternativa para conocer todas las fecateas de la loca de la que hablamos?
VII
Es hermoso. Bogotá nos ha follado. Bogotá nos ha violado y nos ha gustado. Bogotá nos ha dicho que ella es una puta así como puede ser una dama sofisticada.
Bogotá nos ha marcado con su cara sucia y tierna.
Amémosla. Es la Bogotá de Petro, de Peñalosa, De Rojas, de Gaitán, de (el desgr… de) Uribe… de Jorge, de Luis, de Pedro, de Nodier, de Martha, de Cecilia… de la Tatiana, de la Daniela, de la Vanessa, de la Dayana… Es la Bogotá de todos, pues ella les abre las puertas y las piernas. Tratémosla bien, es especial.
Y si están deprimidos, existencialistas o si quieren darles un sentido a sus vidas viajen de noche. El verdadero terror ocurre cuando vas de Manitas al Paraíso y miras hacia abajo para ver… nada. Tal cual: Nada.
Mirando al horizonte ves a esta puta hermosa toda iluminada y coqueta (solamente de esta manera podrás sentir un orgasmo muy rolo), lista para salir de rumba.
¡Ah, sí!, si quieres conocer cómo es el verdadero infierno hazlo: viaja en Transmicable de noche. Mirar hacia abajo durante ese trayecto y no ver nada es una sensación que te dejará claro si realmente quieres vivir o morir. Es contemplar el infierno apagado, a punto de absorberte. Un infierno que te espera para encenderse nuevamente y no dejarte salir jamás. Un agujero negro absorberá tu alma.
Yo no sé escribir más que poesía barata y bastarda. No me culpen por no ser bueno con la prosa.
Me faltaron muchas cosas por decir. No las diré, no las insinuaré.
Hay vacíos en estas palabras y yo les hago una invitación: no se centren en el gobierno actual, en el pasado ni en la violencia, vivan la experiencia y llénenlos.
-Bogotá, 2019-
Nodier Vallejo
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