Ella se ha burlado de mi llanto, se ha mofado de mi esencia.
Ella no escucha, no entiende, no aprende.
Ella me usó como pera de boxeo;
conmigo desahogó dolores escondidos, frustraciones de su vida,
ilusiones perdidas...
Ella aguantó casi una semana de dolores y casi dos días en un puto hospital...
mi nacimiento fue una odisea.
Al final nací,
tal vez un error de la vida.
Tal vez mi nacimiento fue un escupitajo del destino.
Sólo sé que al final,
para bien o para mal,
nací.
Me crió como a muchos:
con golpes, correazos, garrotazos,
groserías, maltrato psicológico...
pero me crió.
Ella sola, solita, me inculcó a respetar a las damas.
Ella me dijo: «¡Debe ser bueno y valorar a la mujer que lo ama!».
Ella me hizo daño.
Ella me puso en segundo, tercero, cuarto...último lugar por mucho tiempo.
Ella me contaba historias tristes.
Ella me hacía su acompañante en ocasiones,
ya fuera una fiesta
o una invitación a almorzar,
o simplemente acompañarla a lavar la asquerosa ropa untada de mierda de muchos seres,
sólo para comprarme un cuaderno.
Cada cosa que ella me conseguía yo la debía cuidar,
o si no,
debía el cuerpo alistar
porque una gran paliza se iba a acercar.
Gracias a eso aprendí a mis cosas apreciar.
Yo lloré mucho,
yo sufrí mucho.
Ella era preferencial con su otro retoño:
lo cuidaba más,
le daba más gustos,
le regalaba más cariños
¡Era su consentido, y punto!
A pesar de todo, ella no me olvidaba,
bueno,
a veces lo hacía
y aunque me dolía
yo lo soportaba.
Ella era única porque si alguien me humillaba,
o si la vida a mi hermano y a los demás niños más cosas regalaba,
ella me consolaba.
Me compraba un algo, lo que fuese,
para distraer mi mente.
Todos los niños estrenaban,
todas las niñas estrenaban,
mi hermano estrenaba,
yo no estrenaba.
No importaba,
ella mi ropa lavaba.
Y si alguien su ropita vieja me donaba
ella me aseguraba
que la dejaría como nueva...
¡Y ASÍ ERA!
¡YO SENTÍA QUE ESTRENABA!
Ella hacía que yo me sintiera como los demás,
con mi pantaloncito viejo nuevo,
con mi saquito viejo nuevo,
con mi corazoncito joven consolado.
A veces una cierta mujer me hacía un regalo:
un dinero para comprar algo.
Ella, la protagonista de este escrito,
Me compraba algo que pudiera durarme mucho tiempo.
y sí, así era.
Crecí así.
Cuando era adolescente me formé solo.
No estuvo ella allí, tenía otras prioridades:
su otro retoño, su novio, sus amigas, los hijos de sus amigas...
Yo me formé solo...
Yo crecí sin sonrisa.
Soy mueco,
no miento.
Me faltan tres importantes dientes
en la parte del frente.
Porque ella no me prestó atención en su momento.
Yo quedé mal de mi vista
porque dejó de ser importante un tiempo.
Yo dejé de ser importante un tiempo.
Yo la odié, ha sido la única persona que he odiado en mi vida.
Me he sentido un estorbo,
Me he sentido una basura,
Me he sentido despreciable.
Sin importar el odio hacia ella,
a causa de maltratos, burlas e incomprensiones,
ella al final estaba allí,
orgullosa
diciéndome que a pesar de comer tanta mierda
iba a haber algo bueno para mí.
Ella se enorgullecía porque las mejores calificaciones yo sacaba.
Aunque ella no lo merecía,
yo ese placer le daba.
En el fondo yo la quería,
en el fondo yo creía que la amaba.
Yo lo hacía para tener algo que restregarle en la cara a esa parranda de malparidos.
Estúpidos que se burlaban de mí,
me golpeaban, me humillaban...
Me empujaban al suicidio.
Menos mal en mi autoformación no lo hice,
pues aprendí a apreciar el hecho de poder sacar una gota de miel
de entre una plasta de mierda.
Aprendí a nadar en una piscina de ratas.
La carne de res o cerdo no la probaba más que una o dos veces al mes.
No importaba.
Ella se esforzaba,
se rebuscaba,
aquí y allá,
por allá y por acá,
a toda costa
algo para llenar mi pancita
cuando la alacena vacía se hallaba.
Ella me trataba feo pero se aseguraba de que yo comiera algo.
Ella en el fondo sí me quería y me cuidaba.
Yo hice cosas malas para escapar de mi mundo,
para alejarme de ella y del odio que en su momento yo sentí.
Con el tiempo, y omitiendo muchas cosas que a usted no le importan,
Yo me gradué.
Fue duro porque debí hacerlo por mí mismo; sin plata para paseos,
para materiales,
para libros,
para uniformes.
Hoy agradezco la generosidad de aquellos que me hicieron posible esa parte.
¡Ah, y a ella! Recuerdo que un día me compró unos zapatos de cuero,
negros.
Creo que costaron en su momento ¡33.000 pesos!
y eran de marca de barrio «Pirámide».
Eso pasó cuando yo tenía como nueve años.
También recuerdo que cuando podía me compraba prendas para el uniforme de educación física,
incluso para el de diario.
Aunque parezca extraño,
se pueden contar esas ocasiones con los dedos de la mano,
y le agradezco a esa mujer el haberme hecho feliz,
¡ESTRENABA DE VERDAD ALGO SÓLO PARA MÍ!
El caso,
yo me gradué.
Ella se dio cuenta que mi espíritu inocente había muerto.
Ella notó mi falta de respeto al título de madre.
Ella se dio cuenta de que yo,
certero e insensible trato a las personas por como merecen,
no por sus títulos.
Pasó el tiempo y siempre siguió allí.
Ella cambió mucho.
Ella me escuchaba un poquitico más.
Tenía yo 18 o 19 años cuando se generó mi primer recuerdo
de una caricia al rostro
y un «Te amo hijo»
de parte de ella.
Ella es mi madre.
Aunque odiosa, terca, desesperante, fastidiosa...
Es mi madre.
Y les digo:
¡Gran mujer! ¡Gran ama de casa!
No sé si llamarla gran madre, pero,
es mía,
y de mi hermanito,
de nadie más.
Ella es mi mejor amiga,
mi confidente.
Ella es divertida, juvenil...
Ella es ella.
Ella es mi madre.
Y si usted va a decir cosas como
«es un regalo de Dios»
o,
"Dios te la mandó para formarte así"
o,
«gracias a Dios la tienes viva»,
mejor cállese.
No la vaya a cagar.
Yo le agradezco a la vida, al destino...
Sólo le digo,
menos mal está viva.
Pues cuanto más viva esté
más posibilidades tengo yo de empezar de cero con ella,
pues vale la pena.
Sólo pido que no se vaya,
se iría una buena parte de mi vida.
-Bogotá, 2015-
Nodier Vallejo
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