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UNA CARTA PARA MAMÁ

 

Verónico siempre fue un niño gentil y amable. Amaba los chocolates, las frunas, los turrones y los trocitos de panela. Recogía monedas del suelo para guardarlas en un cofrecito de papel maché que elaboró en un taller artístico del barrio donde vivía, ¡vaya que tenía suerte para encontrar al menos 2 moneditas de 50 pesos por semana! Tenía 12 años y aprendía cosas nuevas para hacer favores y poder ahorrar una monedita de más cada vez. Como vivía con su abuelita, la cuidaba por las noches al llegar de sus aventuras por las calles bogotanas. 


Un día al salir del colegio, doña Camila le regaló unos tenis viejos para que corriera sin miedo de tropezarse. Verónico estaba tan feliz que ese mismo día aprendió a hacer goles. Esa semana fue al parque del barrio y durante los partidos casuales que surgían por diversión, cobró 200 pesos por cada gol que le pedían hacer. Las ganancias al final de la semana fueron de 1.700 después de una panela que le compró a su abuelita para que preparara café. En el cofrecito de papel maché ya había 5.000 pesos.


En navidad, Verónico reunió todas las tapas de cerveza que la gente tiró en las calles del barrio. Buscó una piedra pesada y un cuchillo viejo. Quitó el plástico interior y aplastó todas las tapas, compró una puntilla y alambre, abrió agujeros en cada tapa y armó 25 maracas para hacer música durante las novenas. Vendió 20 de estas en 500 pesos cada una; las otras 5 se las regaló a niños igual de pobres que él, y a Marianita, la niña que tanto le gustaba. El cofrecito ya guardaba 16.050 pesos. Verónico estaba feliz, solamente le faltaban 21.000 pesos para conseguir aquello con lo que tanto soñaba.


En enero, durante sus vacaciones del colegio, hizo mandados a todas sus vecinas a cambio de que le regalaran los cuadernos que sus hijos ya no necesitaban. Vendiendo 25 kilos de papel en la chatarrería, los 12.500 pesos que consiguió hicieron que ese largo mes valiera la pena. Era muy inteligente, había reciclado cuadernos con muchas hojas limpias para su año escolar. 


Entre hacer tareas, hacer mandados, hacer previas, vender chatarra, hacer goles y encontrar monedas, aquel 1 de agosto, teniendo 13 años recién cumplidos, por fin podía hacer realidad el sueño que tenía desde aquel triste día. Se levantó a las 6 de la mañana, preparó desayuno para él y su abuela. Había sacado 1.000 pesos para prepararle huevos y café a aquella mujer que lo cuidaba cada día. Se puso sus viejos tenis, que estaban relucientes; peinó su cabello con gelatina de 100 pesos y salió con la anciana. Era todo un magnate, se sentía el niño más feliz del mundo. Subieron a un bus y él pagó orgulloso los pasajes de los dos.


Llegó al lugar, estaba nervioso. Apretó la mano de su abuela. Era la hora de gastar esas monedas que con tanto esfuerzo había conseguido. Entregó la aparatosa cantidad de 30.000 pesos a la señora que hacía un año le había ofrecido 1 ramo de rosas amarillas por ese costo. ¡Por fin tenía las flores en sus manos, eran suyas!


«Toc, toc, toc», dio 3 golpes para avisar a su madre que había llegado. «Bendición mami», le dijo. 


-Mami, perdóneme por no poder venir antes, debía trabajar duro para venir a verla. Me hace feliz saber que puedo entregarle estas rosas que usted tanto deseaba desde que yo era niño. Son sus favoritas, mami -decía Verónico mientras las lágrimas brotaban abundantes de sus ojos-. Traje a mi abuelita, a su mamá, para que ella también pueda saludarla. Mami, también le traje esta carta que escribí para usted ayer, pues como usted cumple años hoy, mami.


Verónico dejó frente a su madre una carta que decía lo siguiente:


«Hola, mamita:

Aprendí a escribir con buena ortografía para hacerle esta cartica. Yo la amo, no hay mejor mamá en el mundo. Mi abuelita me cuida muy bien, creo que los dos tenemos muy buenas mamitas. Quiero desearle feliz cumpleaños y decirle que la extraño mucho en la casa. Me hace falta su bendición y me hace mucha falta que me enseñe sobre los animalitos con el viejo álbum de Jet. La amo mucho, mami querida. Debo despedirme.

Verónico.»

El amoroso niño dejó el ramo de rosas amarillas frente a su madre. Sacó un pañuelo de su bolsillo y limpió la lápida frente a él. Besó el nombre de su madre, el cual estaba tallado con letras cursivas. Pegó la carta con cinta y volvió a besar aquella fría lápida.

-Chao, mamita- dio media vuelta y se marchó con su abuela.

-Bogotá, 2019-

Nodier Vallejo

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Luz que guía mi camino en este preciso momento: por favor no dejes de brillar. Sueño con llegar a mi destino sano, salvo, feliz, con ganas de vivir y sabiendo que he dejado de sangrar. No alumbres a otro más. Hazlo sólo para mí. Me caigo nuevamente y me duele hasta la mierda. Mi sangre corre libre cual cebra en su pradera. Aunque sea doloroso lo que causa mi torpeza, este maldito néctar tiene la destreza de hacerme disfrutar y de hacerme saborear el odio del destino: el mismo que con mi vida ahora quiere terminar. Abrazo su cuello, beso su boca sucia y fría; brindo entre alucinaciones por una mala mujer cuyo recuerdo ahora me atiza, y hace llorar mi alma a causa de una cruel e injusta paliza. Un sorbo profundo ahoga mi esencia y mata mi vida trayendo su presencia. ¡Maldita puta! ¡Déjame solo! Miro al cielo, recuerdo tus engaños; tarareo una canción con uno que otro fallo. Ahora soy uno de tantos borrachos. Maldito ebrio soy. Puta botella de v...